-    
 
Así lo platicamos con el Huehuetl
Depresión infantil

Salvador Aguilar Castro

La depresión, en cualquier etapa de la vida, es una enfermedad, no es una forma de ser, no es algo que se pueda controlar en forma voluntaria. La depresión es un trastorno del afecto, una función a nivel del sistema nervioso central, a nivel de las funciones mentales superiores que nos rigen. El afecto está coloreado por marcadas conductas que podemos notar perfectamente, por ejemplo, cuando alguien está enojado, contento, triste, etc. Durante un largo período de tiempo la comunidad científica, por estrictas razones teóricas, sostenía que la Depresión Infantil no existía (coincidiendo con la poca importancia que se le daba a la salud mental de los niños). Sin embargo, en el mundo real existían niños deprimidos y algunos clínicos empezaron a revelarse contra la ortodoxia que vetaba la posibilidad de su existencia. Esto empezó a ocurrir hacia los años 40 en distintos campos de la psicología aplicada, y comenzaron a aparecer estudios relacionados con la depresión infantil. La depresión infantil puede definirse como una situación afectiva de tristeza mayor en intensidad y duración que ocurre en un niño. Se habla de depresión mayor, cuando los síntomas son mayores de dos semanas, y de trastorno distímico, cuando estos síntomas pasan de un mes. Las manifestaciones de la depresión infantil se dan a través de la conducta, el niño se puede tornar irritable, agresivo, puede presentar cierto grado de hiperactividad (sobre todo en los primeros estadios de la enfermedad), después esta hiperactividad se puede transformar en hipoactividad, en una pérdida de interés por las cosas, por el juego, por estar con sus amigos, por ir a la escuela, por acudir a actividades extraescolares, aparecen expresiones de querer desaparecer, de “ya no querer estar aquí”. Cuando el paciente deprimido entra en un estado de desesperanza es un foco rojo para nosotros porque empiezan a aparecer los pensamientos de muerte, de acuerdo a la edad del paciente. Por ejemplo, a los siete u ocho años el niño no tiene una idea clara del suicidio, la muerte todavía puede verse como un fenómeno reversible, después ya no. Entre los nueve y los 10 años, el niño ya tiene claro que es irreversible. Un lugar aparte ocupan los síndromes depresivos asociados a enfermedades crónicas (nefropatías, cáncer, cardiopatías, diabetes juvenil, etc.) y los factores psicosociales relacionados con aspectos socioeconómicos, privación de vínculos afectivos, abandono, familias disfuncionales, divorcio de los padres, desempleo de los mismos, influencia de los medios de comunicación, alcoholismo y drogadicción (tanto por el incremento en la violencia intrafamiliar que producen como por los efectos directos en el menor). Los síntomas que pueden indicar una depresión infantil son el bajo rendimiento escolar, el llanto fácil, la desesperación, el malestar, el deseo de desaparecer, en algunos casos la ideación y la conducta suicida, el cambio de hábitos alimentarios, la modificación del patrón de sueño, el paciente puede bajar o aumentar de peso, etc. Existen varios marcos teóricos que intentan explicar el origen de la depresión infantil. En la actualidad más bien se admite una compleja interacción de distintos factores tanto de carácter biológico como social que sirven de base a la aparición de las distintas conductas normales y patológicas. Es necesario que se dé una cierta vulnerabilidad personal, familiar y ambiental que combinadas dan lugar a la aparición de una conducta desajustada. En cuanto a la clase social, algunos autores señalan que se encuentra con más frecuencia en los niños de clase baja y media que en los de clase alta. La familia es el entorno más inmediato del niño, su microcosmos y en sus cuidados y atención se basa la posibilidad de supervivencia del sujeto humano, pero no sólo su supervivencia física, sino personal ya que el niño desde los 0 meses hasta los 3 años, desarrolla todos los elementos básicos con los que más tarde va a construir su vida futura: lenguaje, afectos, hábitos, motivaciones.

El apego con el que la madre y el hijo se relacionan mutuamente es el vehículo de una adecuada integración social y personal del niño. Los apegos inseguros se han relacionado con todo tipo de problemas de conducta y también con la depresión, así como un apego seguro es la meta ideal de prevención de la aparición de depresión infantil. Así mismo la depresión materna aparece claramente definida como uno de los factores de riesgo asociados al desencadenamiento de una depresión en el niño. Más tarde también son indispensables para el normal desarrollo emocional del niño las buenas relaciones con los padres. Una y otra vez numerosos expertos han señalado cómo las malas relaciones con los padres son la fuente específica de muy diversos problemas infantiles, y también claro está de la depresión.

En relación con la familia también se ha estudiado el puesto que se ocupa entre los hermanos. En muchas investigaciones aparece la posición intermedia como la más vulnerable a desarrollar trastornos de tipo emocional.

Los padres deben prestar especial atención a la construcción de una adecuada autoestima y autoeficacia en el niño, así como incentivar en ellos la capacidad de afrontamiento, y el manejo adecuado de la frustración, todo ello constituye la prevención primaria de la Depresión Infantil. En cuanto a la escuela, sabemos que la localización precoz de cualquier deficiencia de aprendizaje en un niño y su pronta solución es imprescindible para lograr una situación de progreso normal y aceptable, eliminando así la posibilidad de trastornos afectivos que conlleven a la aparición de depresión infantil. Muchos autores han relacionado la Depresión Infantil con el rendimiento escolar, unas veces considerándolo como causa y otras como efecto de la depresión. De hecho un niño deprimido puede descender su ejecución en la escuela, pero también puede comenzar sus síntomas depresivos por un fracaso académico. De allí radica la importancia de una buena evaluación y seguimiento por parte del maestro para detectar estos cambios en el alumno. El tratamiento de la depresión infantil ante todo debe ser individualizado, adaptado a cada caso en particular y a la fase del desarrollo en que se encuentra el niño, en base a: su funcionamiento cognitivo, su maduración social y su capacidad de mantener la atención.

Debe además involucrar de una manera activa a los padres, y realizar intervenciones hacia el entorno del niño (familiar, social y escolar) Las Terapias Psicológicas más utilizadas son: Cognitivo-Conductual: se basa en la premisa de que el paciente deprimido tiene una visión distorsionada de sí mismo, del mundo y del futuro. Tales distorsiones contribuyen a su depresión y pueden identificarse y tratarse con esta técnica: Conductual: se basa en la aplicación de técnicas de modificación conductual, manejo adecuado de situaciones, etc. El Tratamiento Farmacológico: se basa en el uso de drogas como antidepresivos variados. El Tratamiento Combinado, que incluye fármacos y terapias psicológicas, ha demostrado ser lo más adecuado en la actualidad. Así mismo, el Tratamiento en Fase de Mantenimiento va a depender del estado clínico del paciente, su funcionamiento intelectual, su sistema de apoyo, la presencia o no de factores estresantes ambientales y su respuesta al tratamiento. A modo de conclusión, en la actualidad la existencia de la depresión infantil es un hecho comúnmente aceptado por la comunidad científica especializada, por lo que ha cobrado gran importancia su estudio y tratamiento. Algunos han llegado a denominar a la depresión como la enfermedad del siglo XXI.

Dr. Eduardo Hernández González

Médico Pediatra y Psicoterapeuta Conductual Infantil